Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino La orden fue acogida con tres hurras. Había sonado la hora del combate. Unos instantes después, ambas chimeneas de la fragata vomitaban torrentes de humo negro y el puente se estremecía con el vibrar de las calderas. La Abraham Lincoln, impulsada hacia adelante por su poderosa hélice, se dirigió en línea recta contra el animal. Éste dejó que se aproximara, indiferente, hasta un centenar de metros; luego, sin intentar sumergirse, emprendió una ligera marcha de fuga, contentándose con mantener la misma distancia.
La persecución se prolongó durante tres cuartos de hora, sin que la fragata acortara la distancia que la separaba del cetáceo. Era evidente, pues, que con esa marcha no lo alcanzaría nunca. El comandante Farragut se retorcía rabioso el espeso puñado de pelos que le caía bajo la barbilla.
-¡Ned Land!, llamó.
El canadiense acudió a recibir órdenes.
-¿Y bien, maestro Land, le preguntó el comandante, insiste usted en que eche al mar los botes?
-No, señor, respondió Ned Land, porque esa bestia no se dejará alcanzar si no se le antoja.
-¿Qué hacer, entonces?
-Forzar la marcha, si se puede, señor. Por mi parte, con el permiso de usted, se entiende, me instalaré en el barbiquejo del bauprés y si llegamos a ponernos a tiro de arpón, arponeo.