Veinte mil leguas de viaje submarino

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-Vaya, Ned, respondió el comandante Farragut. ¡Ingeniero, gritó, aumente la presión!

Ned Land se dirigió a su puesto. Se avivaron los fuegos; la hélice dio cuarenta y tres revoluciones por minuto y el vapor silbó por entre las válvulas. Echóse la corredera y se comprobó que la Abraham Lin- co1n corría a razón de dieciocho millas cinco décimas por hora.

¡Durante otra hora más mantuvo la fragata la misma velocidad sin descontar unos metros! ¡Era una humillación para uno de los más veloces navíos de la marina norteamericana! Sorda irritación embargaba el ánimo de los tripulantes. Algunos marineros injuriaban al monstruo, el que por supuesto, desafiaba contestarles. El comandante Farragut no se conformaba con retorcerse la perilla, sino que se la mordía.

Llamé otra vez al ingeniero.

-¿Alcanzó el máximo de presión?, le preguntó el comandante.

-Sí, señor, respondió el ingeniero.

-¿Y a cuánto cargan las válvulas?

-A seis atmósferas y media.

-Cárguelas a diez atmósferas.

¡Orden muy norteamericana, si las hubo! No se hubiera procedido de otro modo en el Misisipí para dejar atrás a un rival en una carrera.


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