Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Sólo me encontraba con él después de largos intervalos. Antes se complacía en explicarme las maravillas submarinas; ahora me dejaba entregado a mis estudios y ya no se hacía ver en el salón. ¿Qué cambio había obrado en él? ¿Debido a qué causa? Yo no tenía nada que reprocharme. ¿Le pesaba, quizás, nuestra presencia a bordo? No obstante, no cabía esperar que fuera hombre capaz de devolvernos la libertad.
Le rogué, por lo tanto, a Ned, que me permitiera pensarlo antes de obrar. Si aquella tentativa no daba resultado, podía, en cambio, renovar sus sospechas, hacer más penosa nuestra situación y estorbar los proyectos del canadiense. Añadiré que no era en modo alguno el caso de invocar razones de salud. Si se exceptúa la ruda prueba de la barrera polar, nunca nos habíamos sentido mejor Ned, Consejo y yo.