Veinte mil leguas de viaje submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino

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Mientras rozábamos los fondos del banco de Terranova, vi claramente las largas líneas armadas con doscientos anzuelos que cada barca tiende por docenas. Las líneas arrastradas desde un extremo por un gancho, están sujetas en la superficie a una boya de corcho. El Nautilus tuvo que maniobrar con cautela entre esas redes submarinas. Por otra parte, no permaneció mucho en esos concurridos parajes. Subió hasta los 42º de latitud.

Allí el fondo submarino formaba un valle de ciento veinte kilómetros de ancho en el que hubiera podido apoyarse el monte Blanco sin que emergiera la cima. Cierra el valle hacia el este una muralla a pico de dos mil metros. Llegamos a tal altura el 28 de mayo, momento en que el Nautilus se, hallaba apenas a ciento cincuenta kilómetros de Irlanda. ¿Seguiría remontando el capitán Nemo hasta abordar en las Islas Británicas? No haría tal cosa. Con gran sorpresa mía puso proa al sur y retornó a los mares continentales. Al bordear la verde Erín, divisé un instante el cabo Clear y el faro de Fastenet que guía a millares de navíos llegados de Glasgow o de Liverpool. Un importante problema me preocupaba entonces. ¿Se atrevería el Nautilus a entrar en el canal de la Mancha? Ned Land, que se había hecho ver en cuanto nos aproximamos a la tierra, no paraba de preguntarme. ¿Qué le diría yo? El capitán Nemo continuaba invisible.


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