Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Me pareció más sombrío que nunca. ¿Qué cosa lo entristecía tanto? ¿Era la cercanía de las costas europeas? ¿Sentía alguna nostalgia de su patria abandonada? ¿Qué experimentaba, remordimientos o pesar? Durante largo rato, estos pensamientos me embargaron el ánimo y llegué a presentir que la casualidad nos revelaría muy pronto los secretos del capitán. El día siguiente, 1 de junio, el Nautilus repitió las mismas maniobras. Era evidente que trataba de hallar un punto determinado en el océano.
El capitán Nemo subió a tomar la altura lo mismo que la víspera. El mar estaba hermoso, purísimo el cielo. A ocho millas al este, un gran barco de vapor se dibujaba en la línea del horizonte. Ningún pabellón flameaba en el mástil y no pude reconocer su nacionalidad. Unos minutos antes que el sol pasara por el meridiano, el capitán Nemo tomó el sextante y observó con cuidadosa atención. La calma total de las olas le facilitaba la tarea. El Nautilus inmóvil ni se balanceaba. Yo me hallaba en esos momentos en la plataforma. Cuando terminó de tomar la posición, el capitán pronunció estas únicas palabras:
-¡Aquí es!