Veinte mil leguas de viaje submarino

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Volvió a bajar por la compuerta. ¿Había visto al barco que cambiaba de rumbo y parecía acercarse a nosotros? No podría yo decirlo. Regresé al salón. El panel se corrió y oí los silbidos del agua que penetraba en los depósitos. El Nautilus comenzó a sumergirse, siguiendo una dirección vertical, pues la hélice trabada no le transmitía ningún movimiento. Unos minutos después se detenía a una profundidad de ochocientos treinta y tres metros y se apoyaba en el fondo. El cielorraso luminoso del salón se apagó entonces, corriéronse los paneles y a través de los cristales divisé el mar vivamente iluminado por los rayos del fanal en un radio de media milla. Miré hacia babor y sólo vi la inmensidad de las aguas tranquilas. Por el lado de estribor, hacia el fondo, aparecía una apreciable prominencia que me llamó la atención. Dijérase que eran aquéllas unas ruinas cubiertas de conchillas blancuzcas como bajo un manto de nieve. Al examinar atentamente la masa, me pareció reconocer las formas ensanchadas de un navío desmantelado que debió irse a pique por la proa. El siniestro databa ciertamente de época remota. Los restos del naufragio, encostrados, por decirlo así, con la cal de las aguas, hacía muchos años que yacían en el fondo del océano.

¿Qué navío era ése? ¿Por qué venía el Nautilus a visitar su tumba? ¿No sería un naufragio lo que había arrastrado al barco hasta esas honduras?


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