Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Durante un cuarto de hora seguimos observando a la nave que se dirigía hacia nosotros, No era admisible, sin embargo, que hubiese reconocido al Nautilus a tanta distancia, y menos aún que conociera la verdadera naturaleza de la embarcación submarina. Al poco rato me dijo el canadiense que era un gran barco de guerra, con espolón, acorazado y armado de dos bandas artilladas. Espeso humo negro salía de sus dos chimeneas. Las velas plegadas se confundían con la línea de las vergas. En el pico cangrejo no flameaba pabellón alguno. La distancia no dejaba aún que se distinguieran los colores del gallardete que ondeaba como delgada cinta. Avanzaba velozmente. Si el capitán Nemo le permitía aproximarse, para nosotros podía significar una oportunidad de liberación.
-Señor, me dijo Ned Land, en cuanto esté ese barco a una milla me arrojo al mar y lo invito a que haga usted lo mismo. No di respuesta a lo que me proponía el canadiense y seguí observando al barco que se agrandaba a vista de ojos. Que fuera inglés, francés, norteamericano o ruso, no había duda de que nos acogería, si lográbamos llegarnos a su bordo.
-El señor querrá tener la bondad de acordarse, me dijo entonces Consejo, que tenemos alguna experiencia en natación. Puede confiar en mí, que lo remolcaré hasta ese navío, si es de su conveniencia seguirlo al amigo Ned.