Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Fue como una revelación para mí. Sin duda sabían ya a qué atenerse con respecto a la existencia del supuesto monstruo. Sin duda, -durante el abordaje de la Abraham Lincoln, cuando el canadiense le lanzó el arpón, el comandante Farragut se había dado cuenta de que el narval era un barco submarino, mucho más peligroso que un cetáceo sobrenatural.
Sí, así debía ser, y en todos los mares, probablemente, estaban ahora persiguiendo a la terrible máquina destructora. Terrible, en efecto, si como todo lo hacia suponen, el capitán Nemo empleaba al Nautilus para llevar a cabo una obra de venganza.
Aquella noche en que nos tuvo encerrados en la celda, en medio del océano Indico, ¿no habría atacado a algún navío? El hombre que ahora yacía en el cementerio de coral, ¿no habría sido víctima del choque provocado por el Nautilus? Si, lo repito, debía ser así. Una parte de la misteriosa vida del capitán Nemo salía a la luz. Y aunque no conocieran su identidad, las naciones coligadas contra él emprendían ahora la lucha, no ya con un ente fantástico, sino con un hombre que les profesaba implacable odio. Todo ese pasado formidable se alzaba ante mis ojos.
En lugar de amigos, sólo podíamos encontramos con enemigos despiadados en el barco que se aproximaba. Entre tanto, multiplicábase la caída de balas en torno a nosotros. Pero ninguna dio de lleno en el Nautilus.