Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El navío acorazado se hallaba entonces a tres millas. A pesar del violento cañoneo, el capitán Nemo no subía a la plataforma. Y, sin embargo, si una de aquellas balas cónicas daba en el casco del Nautilus, las consecuencias podían ser fatales. El canadiense me dijo entonces:
-Señor, debemos intentarlo todo para librarnos de este trance.
¡Hagámoles señales! ¡Por mil demonios, quizás comprendan que somos gente honrada!
Ned Land extrajo del bolsillo un pañuelo con intención de agitarlo en el aire. Apenas lo había desplegado, una mano de hierro lo derribó a pesar de su fuerza prodigiosa y lo dejó tendido en el puente.
-¡Miserable!, exclamó el capitán. ¡Mereces que te clave en el espolón del Nautilus antes de lanzarlo contra ese navío!
Si terribles eran las palabras del capitán Nemo, más lo era aún su aspecto. El corazón dejó sin duda de latirle durante un momento Y en el espasmo se le había puesto pálido el rostro. Las pupilas se le contrajeron espantosamente. La voz no era sino rugido. Con el cuerpo inclinado hacia adelante le magullaba el hombro al canadiense con sus dedos hechos tenazas. Luego, apartándose de él, se volvió hacia el barco de guerra cuyas balas llovían en torno a él.