Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En varías ocasiones me pareció que el Nautilus se apercibía al ataque. Pero luego se conformaba con dejar que se aproximase el adversario y, al instante, reanudaba su marcha fugitiva. Parte de la noche transcurrió sin incidentes. Acechábamos la oportunidad de actuar. Hablábamos poco, pues nos sentíamos demasiado conmovidos. Ned Land hubiera querido arrojarse al mar. La esforcé a que esperara. A mi parecer, el Nautilus emprendería la ofensiva desde la superficie y entonces sería no solamente posible, sino también fácil la fuga. A las tres de la mañana, inquieto, subí a la plataforma.
El capitán Nemo estaba aún allí. De pie, a proa, junto a su pabellón, que una leve brisa desplegaba por encima de su cabeza, no quitaba los ojos del barco. Sus miradas, de extraordinaria intensidad, parecían querer atraerlo, hechizarlo, arrastrarlo con mayor seguridad que si lo hubiese llevado a remolque.
La luna pasaba en ese instante por el meridiano Júpiter se levantaba al este. En medio de la apacible naturaleza, e cielo y el océano se mostraban igualmente serenos y el mar le brin daba al astro de la noche el más hermoso espejo que hubiera reflejado jamás su imagen. Y cuando yo comparaba aquella calma profunda con los resentimientos que hervían en el seno del imperceptible Nautilus, sentía estremecido todo mi ser.