Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El barco se mantenía a dos milla de nosotros. Se había acercado, guiándose por el brillo fosforescente que indicaba la presencia del Nautilus. Ví las luces de posición, verde y roja, y el fanal blanco colgado del estay de mesana. Una reverbe ración vaga alumbrábale el aparejo y era prueba de que las máquinas trabajaban a todo vapor. Un haz de chispas, escorias de carbón encendidas, salían de las chimeneas, sembrando de estrellas la atmósferera.
Estuve, así hasta las cuatro de la mañana, sin que el capitán Nemo diera señales de haberme visto. El barco se hallaba ya a milla y media, y con las primeras luces del día reanudó el cañoneo. No estaba lejos el momento en que al comenzar el ataque el Nautilus, nos apartáramos mis compañeros y yo de ese hombre, cuya conducta no me atreví a juzgar.
Me disponía a bajar para prevenirlos, cuando el segundo subió a la plataforma. Varios marineros lo acompañaban. El capitán Nemo no los vio o hizo como que no los veía. Tomaron ciertas disposiciones, que podrían decirse "zafarrancho de combate" del Nautilus. Eran muy sencillas. Los cables que formaban balaustrada en los bordes de la plataforma se bajaron. Lo mismo se hizo con las cajas de fanal y del timonel que entraron en el casco hasta aflorar apenas La superficie del largo cigarro de acero no ofrecía una sola saliente que pudiera dificultar sus maniobras. Volví al salón.