Veinte mil leguas de viaje submarino

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El narval parecía inmóvil. Quizás fatigado por la jornada dormía, dejándose mecer por la ondulación de las olas. Había allí una oportunidad de la que el comandante Farragut resolvió sacar provecho. Dio las órdenes pertinentes. La Abraham Lincoin, a poca presión, avanzó prudentemente para no despertar a su adversario. No es raro encontrar en pleno océano unas ballenas profundamente dormidas, a las que se ataca entonces con éxito, y Ned Land había arponeado a más de una durante su sueño. El canadiense volvió a ocupar su puesto, apoyándose en el bauprés. La fragata se acercó sin ruido, paró la máquina a dos cables del animal y se dejó llevar por la fuerza de inercia. Nadie respiraba a bordo. Un silencio profundo reinaba en el puente. Nos hallábamos a cien pies del foco ardiente, cuyo destello crecía y ofuscaba la vista.

En ese momento, inclinado sobre la barandilla de proa veía yo, debajo de donde estaba, a Ned Land, sujeto con una mano del brazal del bauprés, blandiendo con la otra su terrible arpón. Apenas lo separaban veinte pies del animal inmóvil. De pronto, distendió el brazo con violencia y lanzó el arpón. Oí el choque sonoro del arma, que al parecer había tropezado con un cuerpo duro.


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