Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Una masa enorme se hundía en el agua, y para no perder ningún aspecto de su agonía, el Nautilus descendía al abismo acompañándola. A diez metros de mí, he visto el casco entreabierto donde se precipitaba el agua con un ruido de trueno, luego la doble línea de cañones y de las bordas. El puente aparecía cubierto de sombras negras que se agitaban. El agua subía. Los infelices se abalanzaban a los obenques, se agarraban de los mástiles, se retorcían en el agua. ¡Era como un hormiguero humano sorprendido por la invasión del mar!
Paralizado, con todos los músculos rígidos por la angustia, con los cabellos erizados, los ojos desmesuradamente abiertos, la respiración corta, sin aliento, sin voz, yo también miraba. Una atracción irresistible me sujetaba junto al cristal. El enorme navío se hundía lentamente. El Nautilus lo seguía, espiando todos sus movimientos.