Veinte mil leguas de viaje submarino

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Eché una mirada postrera hacia todas aquellas maravillas de la naturaleza, hacia las riquezas artísticas acumuladas en ese museo, hacia la sin par colección destinada a desaparecer un día en lo hondo de los mares con el hombre que la había reunido. Quise grabarme en el alma una impresión suprema. Me quedé una hora allí, bajo los efluvios del techo luminoso, pasando revista a los tesoros resplandecientes en las vitrinas. 

Luego regresé a mi habitación. Allí me puse las gruesas ropas de mar junté mis anotaciones y las guardé como precioso bien junto a mi pecho. El corazón me latía con fuerza. No podía comprimir sus pulsaciones. No había duda de que mi turbación, mi ánimo agitado, me hubieran traicionado si me ponía a la vista del capitán Nemo.

¿Qué estaría haciendo él en ese momento? Escuché a la puerta de su alcoba y oí rumor de pasos. El capitán Nemo estaba allí; no se habla acostado. A cada movimiento suyo, yo temía que se me presentara preguntándome por qué quería huir. Experimentaba alarmas continuas. Mi imaginación las agigantaba. La impresión se hizo tan punzante que me pregunté si no sería preferible entrar en la habitación del capitán, mirarlo cara a cara y desafiarlo con el gesto y la mirada. Era una idea desatinada. Felizmente me retuve y me tendí en la cama para aquietar el temblor de mi cuerpo. 


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