Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Era mejor que no me encontrara con él! ¡Más valía olvidarme de él!
Y, sin embargo...!
¡Qué largo fue ese día, el último que había de pasar a bordo del Nautilus! Me quedé a solas. Ned Land y Consejo evitaban dirigirme la palabra por temor a revelar lo que querían guardar oculto. A las seis cené, sin apetito, aunque forzándome a comer pese a la repugnancia que sentía, para no debilitarme. A las seis y media, Ned Land entró en mi habitación y me dijo:
-No volveremos a vernos hasta el momento de partir. A las diez no habrá asomado todavía la luna. Aprovecharemos de la oscuridad. Vaya a la canoa. Consejo y yo lo esperaremos.
Luego el canadiense salió, sin darme tiempo para responderle. Quise comprobar la dirección del Nautilus. Me dirigí al salón. Navegábamos con rumbo norte-nordeste a velocidad asombrosa y a cincuenta metros de profundidad.