Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Hacia unas tierras que divisé esta mañana entre la bruma, a veinte millas hacia el este.
-¿Qué tierras son ésas?
-No lo sé, pero sean las que fueren, buscaremos refugio allí.
-Si, Ned. Sí, huiremos esta noche, así haya de tragarnos el mar.
-El mar está bravo, el viento sopla con violencia; pero a mí no me asustan veinte millas en la ligera canoa del Nautilus. He podido levar algunos víveres y unas botellas de agua a ocultas de los tripulantes.
-Yo iré con usted.
-Además, si me sorprenden, me defenderé hasta que me maten.
-Moriremos Juntos, amigo Ned.
-Yo estaba resuelto a todo. El canadiense salió. Subí a la plataforma, donde apenas podía sostenerme contra el embate de las olas. El cielo se había puesto amenazador, pero ya que la tierra se hallaba cerca, tras las brumas espesas, habla que huir. No debíamos perder ni un día, ni una hora.
Volví al salón, temiendo y deseando a la vez encontrarme con el capitán Nemo, queriendo y no queriendo verlo. ¿Qué le hubiera dicho?
¿Podía ocultarle el involuntario horror que me inspiraba? ¡No!