Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Yo lo espero así. Y también espero que su potente aparato haya vencido al mar en el más terrible de los abismos y que el Nautilus haya podido sobrevivir allí donde tantos navíos sucumbieron. Si así ha sido, si el capitán Nemo sigue habitando el océano, su patria adoptiva, ¡ojalá se apacigüe el odio en su bravío corazón! ¡Que el espectáculo de tan estupendas maravillas apague en su ánimo el afán de venganza!
¡Que el justiciero se aparte a un lado y que el sabio continúe la apacible exploración de los mares! Verdad es que le cupo un destino extraño, pero también fue el suyo un destino sublime.
¿Acaso no lo comprobé yo personalmente? ¿No he compartido durante diez meses su existencia extranatural? Por eso, ante el interrogante que desde hace seis mil años ha planteado el Eclesiastés:
“¿Quién pudo sondear jamás las profundidades del abismo?”, sólo dos hombres entre los hombres tenemos el derecho, ahora, de dar una respuesta: el capitán Nemo y yo.
