Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Aunque me sorprendiera la inesperada caída, no dejé de conservar una impresión muy neta de mis sensaciones. En primer término me vi arrastrado a una profundidad de unos veinte pies más o menos. Yo soy buen nadador, por supuesto sin pretensiones de igualar a Byron o a Edgar Poe que fueron maestros, y la zambullida no me hizo perder la cabeza. Dos vigorosos talonazos me llevaron nuevamente a la superficie del mar.
Lo primero que hice fue buscar con la vista a la fragata. ¿Habría advertido la tripulación que yo -no me hallaba a bordo? ¿La Abraham Lincoln habría cambiado de rumbo? ¿El comandante Farragut no había echado alguna embarcación al mar? ¿Podía esperar que se ocuparan de mi salvamento?
Las tinieblas eran profundas. Entreví una masa negra que desaparecía hacia el este y cuyos fuegos de posición se apagaron con la distancia. Era la fragata. Me sentí perdido.
-¡Socorro! ¡Socorro!, grité nadando hacia la Abraham Lincoln con brazadas de desesperación.
La ropa me molestaba. El agua me la adhería al cuerpo, paralizando mis movimientos. ¡Me hundía! ¡Me sofocaba!...
