Veinte mil leguas de viaje submarino

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Ahora bien, las ballenas más grandes, las que frecuentan las cercanías de las islas Aleutianas, el Kulammok y el Umgullil, no pasan jamás de los cincuenta y seis metros, si alcanzan a medirlos. Esos relatos, llegados uno tras otro; nuevas observaciones hechas a bordo del trasatlántico Pereire; un abordaje ocurrido entre el Etna, de la línea Inman, y el monstruo; un acta levantada por los oficiales de la fragata francesa Normandie; una cuidadosa marcación lograda por el estado mayor del comodoro Fitz-James a bordo del Lord Clyde, conmovieron profundamente a la opinión pública. 

En los países que se caracterizan por el ánimo zumbón de sus habitantes se tomó a broma el fenómeno, pero en los países de gente grave y práctica, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, la cosa preocupó seriamente. En los primeros meses del año de 1867 la cuestión parecía casi olvidada, sin miras de que resurgiera, cuando nuevos hechos vinieron a conocimiento del público. No se trataba ya de un problema científico que resolver, sino de un efectivo y grave peligro que eludir. El asunto cambió de aspecto. El monstruo volvió a ser islote, roca, escollo; pero escollo huidizo, indeterminable, inasible.



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