Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El más alto de los dos -evidentemente el jefe de a bordo-nos examinó con suma atención y no pronunció una palabra. Luego, volviéndose hacia su compañero, conversó con él en una lengua que no pude reconocer. Era un idioma sonoro, armonioso, flexible, cuyas vocales parecían tener una acentuación muy variada. El otro respondió encogiéndose de hombros y dijo dos o tres palabras totalmente incomprensibles. Luego pareció dirigirme una interrogación directa. Le respondí en buen francés que no entendía su lenguaje; pero no dio señales de comprenderme y la situación se tomó embarazosa.
-Siga el señor contándoles nuestra historia, me dijo Consejo. ¡Tal vez estos señores puedan pescar, al vuelo algunas palabras!