Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino ¿Tenía ese personaje treinta y cinco años o cincuenta? No habría yo podido precisarlo. La estatua alta, la frente despejada, la nariz recta, la boca netamente dibujada, la dentadura magnífica, ¡las manos finas, alargadas, eminentemente "psíquicas" para decirlo con un término propio de la quirognomía, esto es, dignas de servir a un alma apasionada. El hombre constituía, por cierto, el tipo más admirable que hubiera yo encontrado en mi vida. Detalle particular, los ojos, un tanto separados uno de otro, podían abarcar simultáneamente casi un cuarto del horizonte. Esta facultad -como me fue dado verificarlo más tarde se combinaba con un alcance de la visión aún mayor que la de Ned Land. Cuando ese desconocido fijaba la vista en un objeto, la línea de las cejas se le fruncía, los anchos párpados se aproximaban de manera que circunscribían el campo de las pupilas y reducían la extensión del horizonte visual. ¡Y miraba! ¡Qué vista la suya! ¡Cómo agrandaba los objetos empequeñecidos por la lejanía! ¡Cómo lo calaba a uno hasta el alma! ¡Cómo perforaba esas capas líquidas, tan opacas para nuestros ojos, y como leía en lo más profundo de los mares!
Ambos desconocidos, cubiertos con unas boinas de piel de nutria marina y calzados con botas de mar hechas de piel de foca, llevaban ropas de una tela especial, que sentaban bien sin molestar la perfecta libertad de los movimientos.