Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Vamos, a usted le toca, le dije al arponero. Inténtelo usted, maestro Land, luzca el mejor inglés que haya hablado jamás un anglosajón y trate de ser más afortunado que yo. Ned no se hizo de rogar y volvió a repetir mi relato en una forma que yo casi alcancé a comprender enteramente. El fondo era el mismo, pero la forma difirió: el canadiense, arrastrado por su modo de ser, le agregó mucha animación. Se quejó en tono violento de que lo tuvieran preso con mengua del derecho de gentes, preguntó en virtud de qué ley se lo retenía así, invocó el habeas corpus, amenazó con perseguir judicialmente a los que lo tenían secuestrado, se agitó, gesticuló, gritó y, por fin, dio a entender mediante expresivo ademán que nos moríamos de hambre.
Lo que era verdaderamente cierto, aunque casi lo teníamos olvidado. Con hondo estupor de su parte, el arponero no había conseguido al parecer que lo entendieran más que lo que a mí me habían, entendido. Nuestros interlocutores ni pestañearon. Era evidente que no entendían la lengua de Arago ni la de Faraday.
Me sentí muy confuso después de haber agotado en vano nuestros recursos filológicos y no sabía ya qué resolver, cuando Consejo me dijo:
-Si el señor me autoriza, contaré el asunto en alemán.
-¿Cómo? ¿Sabes tú el alemán?
-Como un flamenco, si al señor no le disgusta.