Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Las fuentes, cubiertas con sus respectivas campanas de plata quedaron simétricamente colocadas sobre el mantel y nos sentamos a la mesa. No cabía duda de que se trataba de gente civilizada, y a no ser por la luz eléctrica que nos iluminaba yo habría creído estar en el comedor del hotel Adelphi, de Liverpool, o en el Grand-Hôtel, de París. Debo decir, sin embargo, que el pan y el vino brillaron por su ausencia. El agua era fresca y límpida, pero era agua, lo que no fue muy de agrado de Ned Land.
Entre los manjares que nos sirvieron reconocí pescados delicadamente aderezados; pero sobre ciertos platos, excelentes por lo demás, no pude determinar a qué reino, vegetal o animal, pertenecía su contenido. En cuanto a la vajilla era elegante y de perfecto buen gusto. Cada utensilio, cucharas, tenedor, cuchillo, plato, llevaba una letra rodeada de una divisa, de las que es éste exacto fac-simile: