Veinte mil leguas de viaje submarino

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-¡Lo que no serviría para nada!, comentó Ned Land. ¿No ven que esta gente tiene un lenguaje propio, un lenguaje que inventaron para desesperar a los pobres que les pidan comida? ¿Acaso en todos los países de la tierra abrir la boca, mover las mandíbulas, hacer como que se pilla con los dientes y los labios llevando la mano hacia ellos, no tiene clarísimo significado? ¿No se entiende tanto en Quebec como en Pomotou, en París como en las antípodas, que quiere decir: Tengo hambre, deme usted de comer?

-¡Oh!, dijo Consejo, ¡hay personas tan poco inteligentes!

No bien terminó de decirlo, se abrió la puerta. Un camarero entró. Nos traía ropa, chaquetas y pantalones de mar, confeccionados con una tela cuya naturaleza no reconocí. Me apresuré a vestirme, en lo que me imitaron mis compañeros.

Mientras tanto, el camarero -mudo y quizás sordo también-había tendido la mesa, colocando en ella tres cubiertos.

-Esto va en serio, dijo Consejo, y parece buen anuncio.

-¡Bah!, respondió el rencoroso arponero. ¿Qué diablos quiere usted que se coma aquí? ¡Hígado de tortuga, filete de tiburón, bistec de perro de mar!

-¡Ya lo veremos!, dijo Consejo.


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