Veinte mil leguas de viaje submarino

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Tal perspectiva me pareció tanto mas penosa cuanto sentía una extraña opresión en el pecho pese a tener libre el cerebro de las obsesiones de la víspera. Respiraba con dificultad. El aire pesado no bastaba ya al funcionamiento de los pulmones. Aunque la celda era grande, resultaba evidente que habíamos consumido en gran parte el oxígeno que contenía. En efecto, cada hombre agota en una hora el oxígeno de cien litros de aire y este aire, cargado entonces de una cantidad casi igual de ácido carbónico, se hace irrespirable. Imponíase, pues, con urgencia renovar la atmósfera de nuestra prisión y, sin duda también, la atmósfera de la embarcación submarina. 

Aquí se me planteaba un problema. ¿Cómo procedía el comandante de esta vivienda flotante? ¿Obtenía el aire por medios químicos, liberando por el calor el oxígeno contenido en el clorato de potasio y absorbiendo el ácido carbónico en la potasa cáustica? En tal caso, debía de haber conservado algún vínculo con los continentes para procurarse las materias necesarias. ¿O se limitaría sólo a almacenar el aire bajo altas presiones en depósitos y luego a repartirlo según las necesidades de su tripulación? Quizás. ¿O usando de un procedimiento más cómodo, más económico, Y por consiguiente más probable, se conformaría con volver a la superficie del mar para respirar, como un cetáceo, y renovar cada veinticuatro horas la provisión de atmósfera?


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