Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Sea lo que fuere y con cualquier método empleado, me parecía prudente que se procediera sin demora. En efecto, veíame ya obligado a multiplicar las inspiraciones para extraer de aquella celda el poco oxígeno que quedaba, cuando de pronto me refrescó una corriente de aire puro y perfumado de emanaciones salinas. ¡Era la brisa de mar, vivificante, cargada de yodo!
Abrí mucho la boca y saturé los pulmones de frescas moléculas. Al mismo tiempo, percibí un balanceo, un movimiento de poca amplitud, pero perfectamente sensibles El barco, el monstruo de acero laminado, acababa evidentemente de subir a la superficie del océano para respirar a la manera de las ballenas. El modo de ventilación del navío quedaba, pues, claramente descubierto.
Cuando hube absorbido a plenos pulmones ese aire puro, busqué el conducto, el "aerífero" si se quiere, que permitía el paso hasta nosotros del bienhechor efluvio, y no tardé en encontrarlo. Encima de la puerta se abría un orificio de ventilación que dejaba pasar una fresca columna de aire, por la que se renovaba la empobrecida atmósfera de la celda.
En eso estaba de mis observaciones, cuando Ned y Consejo despertaron casi al mismo tiempo, bajo la acción vivificadora del cambio de aire. Se frotaron los ojos y desperezándose se pusieron de pie al instante.
-¿Durmió bien el señor?, me preguntó Consejo con su amabilidad cotidiana.