Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Muy bien, muchacho, respondíle. ¿Y usted, maestro Land?
-Profundamente, señor profesor. ¿No sé si me engaño, me parece respirar una brisa marina?
A un marino no podía pasarle inadvertido. Le conté al canadiense lo que había pasado mientras dormía.
-¡Bueno!, dijo. Así se explican claramente los mugidos que oíamos cuando el supuesto narval se hallaba a la vista de la Abraham Lincoln.
-No hay, duda, maestro Land, era su modo de respirar.
-Lo que ocurre, señor Aronnax, es que no tengo la menor idea de la hora que es, a menos que sea la hora de la cena...
¿La hora de la cena, mi estimado arponero? Diga usted, más bien, la hora del almuerzo, pues estamos ya en otro día.
-Lo que demuestra, comentó Consejo, que hemos dormido veinticuatro horas.
-Así lo creo yo también, dije.
-No lo contradigo, repuso Ned Land. Pero sea cena o almuerzo, sería bienvenido el camarero que nos trajera uno u otro.
-Uno y otro, dijo Consejo.
-Justo, respondió el canadiense. Tenemos derecho a dos comidas y, por mi parte, estoy dispuesto a hacer honor a ambas.