Veinte mil leguas de viaje submarino

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-Pues bien, Ned, esperemos, dije yo. Es evidente que estos desconocidos no alientan el propósito de dejarnos morir de hambre, pues en tal caso la comida de ayer no hubiera tenido sentido.

-¡A menos que sea para cebarnos!, replicó Ned.

-Protesto, le dije. ¡No hemos caído en manos de caníbales!

-Una vez no hace costumbre, respondió seriamente el canadiense.

¡Quién sabe si esta gente no está privada desde hace mucho de carne fresca!, y en tal caso, tres hombres sanos y bien conformados, como el señor profesor, su criado y yo...

-Deseche esas ideas, maestro Land, le repliqué al arponero, y, sobre todo, no se apoye en ellas para irritarse contra nuestros huéspedes, con lo que no haría más que agravar la situación.

-¡En todo caso, dijo el arponero, yo tengo un hambre de todos los demonios y, sea cena o almuerzo, la comida no llega!

-Maestro Land, repliqué, es preciso conformarse con el reglamento de a bordo y supongo que nuestro estómago se adelanta a la campana del cocinero.

-Pues bien; lo pondremos a hora, dijo tranquilamente Consejo.


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