Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Lo reconozco en eso, amigo Consejo, respondió el impaciente canadiense. ¡Usted hace poco uso de su bilis y de sus nervios! ¡Siempre calmoso! Usted es capaz de entonar las gracias antes del benedicite y de morirse de hambre antes que quejarse.
-¿Para qué serviría?, preguntó Consejo.
-¡Serviría como desahogo! Y esto ya es algo. Y si estos piratas, digo piratas por respeto y por no contrariar al señor profesor que no quiere que los llamemos caníbales, si estos piratas se figuran que van a tenerme en esta jaula donde me ahogo, sin oír los juramentos con que sazono mis arrebatos, se engañan de medio a medio. ¿Cree usted que nos tendrán encerrados mucho tiempo en esta caja de hierro?
-A decir verdad, no sé mucho más que usted, amigo Land.
-Pero, en fin, ¿qué supone?