Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Habíamos partido con cielo cubierto, pero estable. Ni fatigosos calores que temer, ni lluvias desastrosas. Un tiempo de turistas.
El placer de correr a caballo por un país desconocido me indujo a aceptar con buen ánimo el principio de la empresa. Me hallaba completamente entregado a la felicidad del excursionista, hecha de deseos y de libertad. Comenzaba a adaptarme a la situación.
«Además —me decía—, ¿qué arriesgo? ¡Viajar por el país más curioso! ¡Escalar una montaña muy notable! En el peor de los casos, bajar al fondo de un cráter apagado. Es evidente que el tal Saknussemm no hizo otra cosa. En cuanto a la existencia de una galería que lleve al centro del globo, ¡pura imaginación!, ¡absoluta imposibilidad! Por tanto, tomemos lo que haya de bueno en esta expedición y sin titubeos».
Cuando hube concluido este razonamiento, ya habíamos abandonado Reikiavik.
Hans iba en cabeza con paso rápido, igual y continuo. Le seguían los dos caballos cargados con nuestros equipajes, sin que fuera necesario dirigirlos. Mi tío y yo íbamos detrás; sin hacer realmente un papel demasiado malo sobre nuestras pequeñas, pero vigorosas, monturas.