Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra En esta ocasión mi tÃo hubo de informar al cazador de que su intención era proseguir el reconocimiento del volcán hasta sus últimos lÃmites.
Hans se contentó con inclinar la cabeza. No veÃa ninguna diferencia en ir allá o a otra parte, hundirse en las entrañas de su isla o recorrerla. Por mi parte, distraÃdo hasta entonces por los incidentes del viaje, olvidé algo el futuro, pero ahora sentÃa que la emoción se apoderaba de mà con fuerza. ¿Qué hacer? Si hubiera podido intentar resistirme al profesor Lidenbrock, habrÃa tenido que ser en Hamburgo y no al pie del Sneffels.
HabÃa una idea que me inquietaba más que cualquier otra, era espantosa y capaz de alterar nervios menos sensibles que los mÃos.
«Veamos —me decÃa—, vamos a escalar el Sneffels. Bien. Vamos a inspeccionar su cráter. Bueno. Otros lo han hecho y no se han muerto. Pero eso no es todo. Si aparece un camino para descender a las entrañas del suelo, si ese desventurado Saknussemm ha dicho la verdad, vamos a perdernos entre las galerÃas subterráneas del volcán. Y nada asegura que el Sneffels esté apagado. ¿Quién prueba que no se prepara una erupción? ¿Es suficiente el argumento de que el monstruo duerme desde 1229 para concluir que no puede despertarse? Y si se despierta, ¿qué será de nosotros?».