Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Me sumergÃa asà en ese maravilloso éxtasis que proporcionan las cimas, y en esta ocasión sin vértigo, porque por fin me acostumbraba a esas sublimes contemplaciones. Mi mirada deslumbrada se bañaba en la transparente irradiación de los rayos solares. Me olvidaba de quién era y de dónde estaba, para vivir la vida de los elfos o de los silfos, imaginarios habitantes de la mitologÃa escandinava. Me embriagaba con la voluptuosidad de las alturas, sin pensar en los abismos en que mi destino me iba a hundir dentro de poco. Pero fui devuelto a la realidad por la llegada del profesor y de Hans, que se reunieron conmigo en la cima del pico.
Volviéndose hacia el oeste, mi tÃo me indicó con la mano un ligero vapor, una bruma, una apariencia de tierra que dominaba la lÃnea de las olas.
—Groenlandia —dijo.
—¿Groenlandia? —pregunté.
—SÃ, no estamos a más de treinta y cinco leguas, y durante el deshielo los osos blancos llegan hasta Islandia traÃdos por los témpanos del norte. Pero eso importa poco. Nos hallamos en la cima del Sneffels, y aquà tenemos dos picos, uno al sur, otro al norte. Hans va a decirnos qué nombre dan los islandeses al que nos sostiene en este momento.
Formulada la pregunta, el cazador respondió:
—Scartaris.
Mi tÃo me lanzó una mirada triunfante.