Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra El guía seguía esta escena con su acostumbrada indiferencia. Sin embargo, comprendía lo que pasaba entre sus dos compañeros. Nuestros gestos indicaban suficientemente la vía diferente por la que cada uno de nosotros quería arrastrar al otro; pero Hans parecía interesarse poco por aquella cuestión en la que su existencia se hallaba en juego, dispuesto a partir si se daba la señal de partir, resuelto a quedarse a la menor voluntad de su amo.
¡Y que en aquel instante no pudiera yo hacerme entender por él! Mis palabras, mis lamentos, mi acento habrían dominado aquella fría naturaleza. Yo le habría hecho comprender y tocar con las manos aquellos peligros que él no parecía sospechar. Y quizá los dos juntos habríamos convencido al obstinado profesor. Llegado el caso, le habríamos obligado a dirigirse hacia las alturas del Sneffels.
Me acerqué a Hans. Puse mi mano en la suya. Él no se movió. Le mostré el camino del cráter. Permaneció inmóvil. Mi cara jadeante hablaba de todos mis sufrimientos. El islandés movió suavemente la cabeza y, señalando tranquilamente a mi tío, dijo:
—Master.
—¡El amo! —exclamé yo—. ¡Insensato, no, él no es el amo de tu vida! ¡Hay que huir! ¡Tenemos que llevárnoslo de aquí! ¿Me oyes? ¿Me comprendes?