Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Entonces, Axel —continuó el profesor en tono extraño—, ¿esas pocas gotas de agua no te han devuelto el valor y la energÃa?
—¡El valor!
—Te veo tan abatido como antes, y diciendo todavÃa palabras de desesperación.
¿Con qué hombre tenÃa que vérmelas y qué proyectos formaba todavÃa su audaz espÃritu?
—¡Cómo! ¿No quiere…?
—¿Renunciar a esta expedición en el momento en que todo anuncia que puede triunfar? ¡Jamás!
—Entonces, ¿hemos de resignarnos a perecer?
—No, Axel, no. Vete. No quiero tu muerte. Que Hans te acompañe. Déjame solo.
—¿Abandonarle?
—Déjame, te digo. Yo he comenzado este viaje y lo llevaré hasta el final o no volveré. Vete, Axel, vete.
Mi tÃo hablaba con una sobreexcitación extrema. Su voz, hacÃa un instante tierna, se volvÃa dura, amenazadora. Luchaba con una sombrÃa energÃa contra lo imposible. Yo no querÃa abandonarle en el fondo de aquel abismo, y, por otro lado, el instinto de conservación me impulsaba a huir de él.