Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —¡Sà —dijo—, un trago de agua! ¡El último! ¿Oyes bien? ¡El último! Lo habÃa guardado como un tesoro precioso en el fondo de mi cantimplora. Veinte veces, cien veces he tenido que resistir mi horrible deseo de beberla. Pero no, Axel, la reservaba para ti.
—¡TÃo! —murmuré, mientras dos gruesas lágrimas mojaban mis ojos.
—SÃ, pobre niño, sabÃa que al llegar a la encrucijada caerÃas medio muerto, y he guardado mis últimas gotas para reanimarte.
—Gracias, gracias —exclamé.
Aunque mi sed se hubiera aplacado muy poco, habÃa recuperado sin embargo algunas fuerzas, y la inflamación de mis labios se habÃa suavizado. PodÃa hablar.
—Veamos —dije—, ahora sólo nos queda un partido que tomar; carecemos de agua, hemos de retroceder.
Mientras yo hablaba asÃ, mi tÃo evitaba mirarme; bajaba la cabeza, sus ojos rehuÃan los mÃos.
—Hay que retroceder —exclamé—, y tomar de nuevo el camino del Sneffels. ¡Que Dios nos dé fuerzas para subir hasta la cima del cráter!
—¡Volver! —dijo mi tÃo, como si se respondiera a sà mismo más que a mÃ.
—SÃ, volver, y sin perder un instante.
Se produjo un silencio bastante largo.