Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Al profesor podía parecerle esta situación muy simple, pero la idea de pasearme bajo la masa de las aguas no dejó de preocuparme. Y, sin embargo, que estuvieran suspendidas sobre nuestras cabezas las llanuras y las montañas de Islandia o las olas del Atlántico, en última instancia, la diferencia era mínima, desde el momento en que la armadura granítica era sólida. Por lo demás, me habitué rápidamente a esta idea, porque el corredor, tan pronto recto como sinuoso, tan caprichoso en sus pendientes como en sus recovecos, pero siempre en dirección sureste, y siempre hundiéndose cada vez más, nos llevó rápidamente a grandes profundidades.
Cuatro días más tarde, la noche del sábado 18 de julio, llegamos a una especie de gruta bastante amplia; mi tío entregó a Hans sus tres rixdales semanales, y se decidió que el día siguiente sería de descanso.