Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Me levanté y, apoyándome en mi bastón, comencé a subir por la galería. La pendiente era bastante empinada. Caminaba con esperanza y sin nerviosismo, como quien no puede elegir el camino a seguir.
Durante media hora ningún obstáculo detuvo mis pasos. Traté de reconocer mi ruta por la forma del túnel, por el saliente de ciertas rocas, por la disposición de las anfractuosidades. Pero ningún signo particular sorprendía mi espíritu, y pronto comprobé que aquella galería no podía llevarme a la bifurcación. No tenía salida. Choqué contra un muro impenetrable, y caí sobre la roca.
¡Qué espanto, qué desesperación se apoderó de mí entonces! No podría describirlo. Quedé anonadado. Mi última esperanza acababa de estrellarse contra aquella muralla de granito.
Perdido en aquel laberinto cuyas sinuosidades se cruzaban en todos los sentidos, no tenía siquiera la posibilidad de la huida. Fallecería de la más espantosa de las muertes. Y, cosa extraña, me vino al pensamiento de que si algún día mi cuerpo fosilizado era encontrado, su hallazgo a treinta leguas en el interior de las entrañas de la Tierra plantearía graves problemas científicos.
Quise hablar en voz alta, pero lo único que logró pasar entre mis labios resecos fueron roncos sonidos. Jadeaba.