Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Cuarenta segundos —dijo entonces mi tÃo—. Son cuarenta segundos los que han transcurrido entre las dos palabras; por tanto, el sonido tarda veinte segundos en subir. Ahora bien, a milla y veinte pies por segundo, suman veinte millas cuatrocientos pies, o legua y media y un octavo.
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—¡Legua y media! —murmuré.
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—Eso se recorre, Axel.
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—Pero ¿hay que subir o bajar?
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—Bajar, y he aquà por qué. Hemos llegado a un amplio espacio en el que desembocan gran número de galerÃas. La que has seguido tiene que conducirte aquÃ, porque parece que todas estas hendiduras, estas fracturas del globo, irradian en torno de la inmensa caverna que ocupamos. Levántate, pues, y sigue tu ruta. Camina, arrástrate si es preciso, déjate deslizar en las pendientes rápidas, y encontrarás nuestros brazos para recibirte al final del camino. ¡En marcha, muchacho, en marcha!
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Estas palabras me reanimaron.
—Adiós, tÃo —exclamé—. Ya voy. Nuestras voces no podrán comunicarse entre sà en el momento en que abandone este lugar. Adiós, pues.