Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Sin embargo, mi imaginación me arrastra a las maravillosas hipótesis de la paleontología. Sueño completamente despierto. Creo ver en la superficie de las aguas enormes quersitas, esas tortugas antediluvianas, semejantes a islas flotantes. Sobre las sombrías orillas pasan los grandes mamíferos de los primeros días, el leptoterio, encontrado en las cavernas del Brasil, el mericoterio, venido de las regiones heladas de Siberia. Más lejos, el paquidermo lofiodón, gigantesco tapir, se oculta tras las rocas, dispuesto a disputar su presa al anoploterio, animal extraño, mezcla de rinoceronte, caballo, hipopótamo y camello, como si el Creador, con demasiada prisa en las primeras horas del mundo, hubiera reunido varios animales en uno solo. El mastodonte gigante hace voltear su trompa y destroza con sus defensas las rocas de la orilla, mientras el megaterio, apuntalado sobre sus enormes patas, pisotea la tierra despertando con sus rugidos el eco de los sonoros granitos. Más arriba, el protopiteco, el primer mono aparecido en la superficie del globo, trepa a las ásperas cumbres. Más arriba todavía, el pterodáctilo, de manos aladas, se desliza como un murciélago en el aire comprimido. Por último, en las últimas capas, pájaros inmensos, más poderosos que el casuario, más grandes que el avestruz, despliegan sus vastas alas, y van a rozar con sus cabezas la pared de la bóveda granítica.
El sueño de Axel.