Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Esto podía explicar, hasta cierto punto, la existencia de aquel océano a cuarenta leguas por debajo de la superficie del globo. Pero, en mi opinión, la masa líquida debía perderse poco a poco en las entrañas de la Tierra, y provenía evidentemente de las aguas del océano que se abrieron paso a través de alguna grieta. Sin embargo, había que admitir que esa fisura estaba taponada en la actualidad, porque si no toda aquella caverna, o mejor, aquel inmenso estanque, se hubiera llenado en un tiempo bastante corto. Quizá aquella misma agua, después de luchar contra fuegos subterráneos, se había evaporado en parte. Ésa era la explicación de aquellas nubes flotando sobre nuestras cabezas y del desprendimiento de electricidad que creaba tempestades en el interior del macizo terrestre.
Esta teoría de los fenómenos de que habíamos sido testigos me parecía insuficiente, porque por grandes que sean las maravillas de la naturaleza, siempre son explicables mediante razonamientos físicos.
Caminábamos, pues, por una especie de terreno sedimentario, formado por las aguas como todos los de este período, tan ampliamente diseminados por la superficie del globo. El profesor examinaba atentamente los intersticios de cada roca. Si encontraba una grieta, se volvía de vital importancia para él sondear su profundidad.