Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Anda, muchacho —me dijo mi tÃo—, y vuelve a reunirte con nosotros inmediatamente.
—TranquilÃcese —respondà yo—, no me entretendré en el camino.
Me dirigà al punto hacia el orificio de la galerÃa. Abrà mi linterna y cogà el extremo de la mecha.
El profesor tenÃa su cronómetro en la mano.
—¿Estás preparado? —gritó.
—Lo estoy.
—Pues bien, ¡fuego, muchacho!
Rápidamente metà la mecha en la llama; al contacto se produjo un chisporroteo y volvà a la orilla corriendo.
—Embarca —dijo mi tÃo— y naveguemos.
Con un vigoroso empujón, Hans nos lanzó al mar. La balsa se alejó una veintena de toesas.
Era un momento emocionante. El profesor seguÃa con la mirada la aguja del cronómetro.
—TodavÃa quedan cinco minutos —decÃa—. ¡Cuatro! ¡Tres!
Mi pulso marcaba los segundos.
—¡Dos!… ¡Uno!… ¡Desmoronaos, montañas de granito!
«¡Desmoronaos, montañas de granito!».