Viaje al centro de la tierra

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Luego yo sentí un placer de niño recorriendo la ciudad; mi tío se dejaba llevar; además no vio nada, ni el insignificante palacio del rey, ni el bonito puente del siglo XVII, que une las dos márgenes del canal delante del museo, ni el inmenso cenotafio de Torwaldsen, adornado de horribles pinturas murales y que en su interior contiene las obras de ese escultor, ni el castillo bombonera de Rosenborg, en un parque bastante hermoso, ni el admirable edificio renacentista de la Bolsa, ni su campanario hecho con las colas entrelazadas de cuatro dragones de bronce, ni los grandes molinos de las murallas, cuyas amplias aspas se hinchaban como las velas de un bajel al viento del mar.

¡Qué deliciosos paseos hubiéramos dado mi hermosa virlandesa y yo por la parte del puerto, donde los bergantines y las fragatas dormían pacíficamente bajo su roja techumbre, por las orillas verdeantes del estrecho, a través de aquellas espesas enramadas en cuyo seno se oculta la ciudadela, cuyos cañones alargan sus negras fauces entre las ramas de los saúcos y los sauces!

Pero ¡ay!, mi pobre Graüben estaba lejos; además, ¿podía tener esperanza de volver a verla alguna vez?

Sin embargo, aunque mi tío no vio nada de estos encantadores parajes, quedó vivamente sorprendido por la vista de cierto campanario situado en la isla de Amak, que forma el barrio suroeste de Copenhague.


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