Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Yo esperaba no encontrar ningún medio de transporte; pero no fue asÃ. Una pequeña goleta danesa, la Valkiria, debÃa hacerse a la vela para Reikiavik el 2 de junio. El capitán, el señor Bjarne, se hallaba a bordo. En medio de su alegrÃa, el futuro pasajero le estrechó las manos hasta rompérselas. El buen hombre quedó algo asombrado por semejante apretón. Le parecÃa la cosa más simple ir a Islandia, ya que ésa era su ocupación. A mi tÃo le parecÃa sublime. El digno capitán aprovechó aquel entusiasmo para hacerse pagar al doble el pasaje en su navÃo. Mas nosotros no reparábamos en esas miserias.
—Preséntense a bordo el martes, a las siete de la mañana —dijo el señor Bjarne, tras haberse embolsado un respetable número de dólares.
Agradecimos entonces al señor Thomson sus buenos oficios, y volvimos al hotel Phoenix.
—¡Esto va bien! ¡Muy bien! —repetÃa mi tÃo—. ¡Qué suerte haber encontrado ese barco dispuesto a partir! Ahora almorcemos, y vayamos a visitar la ciudad.
Nos dirigimos a Kongens-Nye-Torw, plaza irregular donde se encuentra un puesto con dos inocentes cañones fijos que no dan miedo a nadie. Cerca de allÃ, en el número 5, habÃa un restaurante francés al cuidado de un cocinero llamado Vincent; almorzamos abundantemente por el módico precio de cuatro marcos cada uno[3].