Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Por fin, a las diez de la mañana, pisábamos Copenhague; los equipajes fueron cargados en un coche y llevados con nosotros al hotel Phoenix, en Bred-Gale. Fue cosa de media hora, porque la estación está situada fuera de la ciudad. Luego, después de haberse aseado de forma sumaria, mi tío me arrastró tras él. El portero del hotel hablaba alemán e inglés; pero el profesor, en su calidad de políglota, le preguntó en buen danés, y en buen danés le indicó aquel personaje la situación del Museo de Antigüedades del Norte.
El director de este curioso establecimiento, donde se amontonan maravillas que permitirían reconstruir la historia del país con sus antiguas armas de piedra, sus copas medievales y sus joyas, era un sabio, amigo del cónsul de Hamburgo, el profesor Thomson.
Mi tío tenía para él una calurosa carta de recomendación. En general, un sabio recibe bastante mal a otro sabio. Pero en este caso fue todo lo contrario. Como hombre servicial, el señor Thomson acogió cordialmente al profesor Lidenbrock, e incluso a su sobrino. Decir que el secreto fue guardado ante el excelente director del Museo, apenas resulta necesario. Queríamos buenamente visitar Islandia como desinteresados aficionados.
El señor Thomson se puso por entero a nuestra disposición, y recorrimos los muelles en busca de un navío que estuviera a punto de partir.