Viaje al centro de la tierra

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La noche estaba oscura; había buena brisa y mar gruesa; algunas luces de la costa aparecieron en medio de las tinieblas; más tarde, no sé dónde, un faro destellante resplandeció sobre la superficie de las olas; eso fue todo lo que quedó en mi recuerdo de esta primera travesía.

A las siete de la mañana desembarcábamos en Korsör, pequeña población situada en la costa occidental del Seeland. Allí saltamos del barco a un nuevo ferrocarril, que nos llevó atravesando una región no menos llana que las campiñas de Holstein.

Faltaban todavía tres horas de viaje para alcanzar la capital de Dinamarca. Mi tío no había pegado ojo en toda la noche. Creo que, en su impaciencia, empujaba el vagón con los pies.

Por fin, divisó un trozo de mar.

—¡El Sund! —exclamó.

A nuestra izquierda había un vasto edificio que se parecía a un hospital.

—Es un manicomio —dijo uno de nuestros compañeros de viaje.

«Bueno —pensé yo—, en ese establecimiento deberíamos terminar nuestros días. Y por grande que sea ese hospital siempre será demasiado pequeño para contener toda la locura del profesor Lidenbrock».


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