Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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En su precipitación, mi tío había calculado tan bien las horas de correspondencia del ferrocarril y del barco, que teníamos todo un día de espera. El vapor Ellenora no partía hasta la noche; lo que le provocó un acceso de cólera de nueve horas, durante las que el irascible viajero mandó al diablo a la administración de barcos y ferrocarriles y a los gobiernos que toleraban semejantes abusos. Tuve que apoyarle cuando la emprendió con el capitán del Ellenora sobre este tema. Quería obligarle a encender las calderas sin perder un instante. El otro le mandó a paseo.

Como en cualquier otro sitio, en Kiel un día es un día. A fuerza de pasear por las orillas verdeantes de la bahía en cuyo fondo se alza la pequeña ciudad, de recorrer los espesos bosques que le prestan la apariencia de un nido en un haz de ramas, de admirar las villas, provistas, todas y cada una, de su pequeña sauna, en fin, de vagabundear y de gruñir, llegaron las diez de la noche.

Los torbellinos de humo del Ellenora se elevaban por el cielo; el puente temblequeaba bajo los estremecimientos de la caldera; estábamos a bordo y éramos propietarios de dos literas puestas una sobre otra en el único camarote del barco.

A las diez y cuarto largaron amarras y el vapor surcó rápidamente las sombrías aguas del Gran Belt.


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