Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Mientras estuvimos encerrados en el recinto interior, todo fue bien; pero después de ciento cincuenta escalones el aire vino a golpearme el rostro: habÃamos llegado a la plataforma del campanario. Allà comenzaba la escalera aérea, protegida por una frágil barandilla, y cuyos escalones, cada vez más estrechos, parecÃan subir hasta el infinito.
—Nunca lo conseguiré —dije.
—¿Vas a resultar un cobarde? ¡Sube! —respondió despiadadamente el profesor.
Forzoso fue seguirle agarrándome como una lapa. El viento me aturdÃa; sentÃa que el campanario oscilaba bajo las ráfagas; mis piernas fallaban; trepaba apoyado en las rodillas, luego en el vientre; cerraba los ojos, me mareaba de vértigo.
Por fin, tirándome mi tÃo por el cuello de la camisa, llegué junto a la bola.
—Mira —me dijo—, y mira bien, ¡hay que tomar lecciones de abismo!