Viaje alrededor de la luna

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Esto era desesperante. Todos pensaban en aquellos desventurados que llevaban veintiséis días encerrados en el proyectil. Quizá sintieran en aquel momento los primeros ataques de asfixia, si es que habían salido salvos de la caída. El aire se agotaba, y con el aire, el valor, el ánimo.

—El aire puede ser —respondía siempre J. T. Maston—; pero el valor, no.

El 28, después de otros dos días de reconocimiento, se perdió toda esperanza. Aquel proyectil era un átomo en la inmensidad del mar; había que renunciar a encontrarlo.

Pero J. T. Maston no quería oír hablar de marcharse; no, quería abandonar el sitio sin encontrar por lo menos la sepultura de sus amigos. Sin embargo, el comandante Blomsberry no podía obstinarse más, y a pesar de las reclamaciones del digno secretario, dio orden de zarpar.

El 30 de diciembre, a las nueve de la mañana, la Susquehanna puso la proa al Nordeste, con rumbo hacia la bahía de San Francisco.

Eran las diez, la corbeta se alejaba del lugar de la catástrofe, a media máquina y como pesarosa, cuando el marinero que estaba de vigía en el mastelero de gavia gritó de repente:

¡Una boya a sotavento!


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