Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Ya, pero ese quitrÃn tiene dueño, y nadie da palos de balde. Tenlo por sabido. Me parece que me explico.
Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de Cecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruaje dándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.
PodÃa ser entonces la una de la madrugada. El viento no habÃa abatido ni cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresión vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo, perdió el joven músico la pista del carruaje que conducÃa a su hermana y a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego al trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta. Puso la mano en la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera que llevaba y quedó montado a la mujeriega[41]. Al punto le sintió el calesero e hizo alto.
—Apéate, —le dijo Nemesia por el postigo.
—No hay para qué, —dijo Cecilia.
—Yo les voy guardando las espaldas, —dijo Pimienta.
—Apéese Vd., —dijo en aquella sazón Aponte, que ya habÃa echado pie a tierra.