Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—¿No te lo decía? —añadió Nemesia, hablando con su hermano.

—Aquí dentro va mi hermana y mi amiga, —observó el músico dirigiéndose al calesero.

—Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monte atrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; —agregó notando que se las había con un mulato como él.

—Apéate, —repitió Nemesia con insistencia.

Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorda y terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo y todo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguir el carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derecho hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda hacia la de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie, guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese punto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silencio subió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entonces aquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el músico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga del carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le había inspirado en la cuna.


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